El ataque de Estados Unidos a Venezuela es una grave violación de los derechos humanos y de la autodeterminación de los pueblos. Bajo el discurso de la defensa de la democracia, Estados Unidos reafirma una lógica histórica de intervención en América Latina orientada por intereses económicos y por la avaricia capitalista. Esta lógica se sostiene en una racionalidad patriarcal que tiene como base la dominación masculina.
La militarización de la vida, profundamente articulada al machismo, produce una política internacional basada en la exaltación de la violencia, de la virilidad bélica y de la imposición autoritaria, en la que el conflicto armado se presenta como una solución racional e inevitable. Desde esta perspectiva, la guerra opera como una expresión extrema de un patriarcado global que jerarquiza las vidas, deshumaniza a poblaciones enteras y transforma los cuerpos, especialmente los de mujeres, niños y grupos vulnerabilizados, en territorios de control, castigo y muerte.
Cuando la fuerza se utiliza para imponer proyectos políticos o económicos, las vidas humanas se vuelven prescindibles y el sufrimiento colectivo es tratado como un daño colateral aceptable. Esta lógica no solo sostiene el imperialismo, sino que también refuerza estructuras sociales que legitiman la violencia cotidiana, el autoritarismo y la desigualdad de género.
Denunciar esta violencia no implica desconocer los problemas internos de Venezuela ni apoyar el gobierno de Maduro. Afirmar la soberanía de los pueblos supone rechazar toda forma de intervención armada, coerción económica o injerencia política que, bajo discursos de seguridad y orden, profundiza la precarización de la vida y la negación de derechos. No podemos aceptar que narrativas masculinizadas de control y dominación se impongan como soluciones legítimas frente a conflictos complejos.
Alzar la voz frente a esta agresión es defender la vida, la soberanía y la justicia social. Es rechazar la lógica colonial, patriarcal y militarizada que convierte la guerra y el sufrimiento en estrategias de acumulación y en mecanismos de reafirmación del poder machista en el escenario global. Apostamos, desde Nuestra América Latina, por una política internacional basada en el cuidado de la vida, la autodeterminación de los pueblos, la dignidad compartida y la construcción de paces justas, feministas y desmilitarizadas.
